Trump, un prestidigitador atípico

Trump no es un comunicador al uso, a pesar de que domina los registros comunicativos fundamentales para captar la atención del oyente. Sus gestos denotan que estamos ante un prestidigitador de la política no profesional, un hombre que ha llegado a presidente de los Estados Unidos haciendo pasar por auténtico lo que es un envoltorio de quita y pon. Reluce por fuera, por su novedad, su aspecto diferente que resalta sobre la costumbre, su formato único. Es un político darwiniano, capaz de adaptarse a cada contexto, para el que tiene siempre la palabra exacta y el tono de voz adecuado. Frente al Capitolio, con el mundo pendiente de él, Trump fue Trump. En formas, maneras, gestos y musicalidad. A su lado, Melania recordaba a Jackie Kennedy. Pero Donald no es JFK. Ni en su oratoria ni en el embalaje.

 

Cuando le presentaron, mientras recorría ese túnel de vestuarios previo a su salida al mundo, se veía a un Trump serio, petrificado, sin mayor gestualidad que ciertas muecas iniciales que intentaban mostrar seguridad. Cuando salió a escena, levantó el puño en alto en señal de «aquí estoy», antesala de una intervención breve en la que destacó su conocido lenguaje vehemente, altivo, desenfadado y retador. Con su tradicional corbata roja, quiso tomar el pulso a la grandeza del momento, antes de pronunciar el discurso más ambiguo y vacío de contenido que se recuerda en la historia reciente americana.

 

En el discurso de ayer no hubo nada diferente a los discursos habituales de Trump. Su propensión a ladear la cabeza cuando explica qué va a hacer, cuando detallaba por ejemplo las motivos que le han hecho presidente, es un registro repetido en el magnate . ¿Seguridad o soberbia? ¿Retador o protector? Como lo es también juntar el dedo índice con el pulgar para subrayar algo, que acompaña de ese tono contundente con el que cierra sus frases: «Disfrutad de este momento porque es vuestro momento» lo pronunció con esa gravedad in crescendo, típica de cuando está preparado para lanzar el mantra político habitual («América Fist, people first»), para después dejar paso a esos silencios atronadores, invasivos, elocuentes. También es notorio ese gesto del acordeón, de apertura y cierre de manos de forma vehemente cuando quiere enfatizar y adjetivar.

 

Su representación efectiva, enfatizada por su verbo directo y polarizador, le ha convertido en un orador poco convencional, típico del momento actual.

 

Artículo de Fran Carrillo para ABC

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