¿TIENE VIGENCIA HOY EL PERFECTO ORADOR DE CICERÓN?

La aparición de célebres oradores hay que enmarcarla en el contexto histórico de aquellos regímenes políticos surgidos en la Europa meridional, en los que la democracia intentaba abrirse camino frente a la tiranía o la oligarquía existentes. En el siglo IV a.C. destacó el ateniense Demóstenes, quien se opuso firmemente a los intentos expansionistas del rey Filipo de Macedonia para anexionarse las polis griegas, y fue conocido por sus cuatro discursos incendiarios – las denominadas “Filípicas” – en los que intentaba convencer a sus conciudadanos atenienses en las correspondientes asambleas sobre su plan de resistencia contra el monarca. 

 

A tres siglos de distancia aproximadamente, es digno de reseñar la figura de (Marco Tulio) Cicerón, unos de los grandes polímatas de la Historia. Jurista, filósofo, abogado, escritor, y sobre todo, uno de los oradores más reconocidos de la Roma Clásica, nos dejó un legado de incalculable valor a todos los que nos consideramos amantes de la formación humanística.

 

En uno de sus libros más destacados, “El orador”, escrito con el pretexto de satisfacer los ruegos de Bruto -famoso por participar en la conjura contra Julio César-, pretende bosquejar un arquetipo de orador que sea capaz de elevar este arte a su máxima expresión. A su juicio, la cualidad fundamental de la oratoria es la elocuencia, entendida como combinación de un estilo vehemente, que logre excitar los sentimientos y cautivar a la audiencia.

 

En realidad, Cicerón presenta un orador basado en el ideal platónico de la perfección, y no lo reconoce en ninguno de sus rétores coetáneos. La única excepción para él fue el ya mencionado Demóstenes, quien sí lograba suscitar su admiración.

 

Posiblemente, la parte que ha tenido mayor trascendencia de su obra es aquélla en la que establece una distinción de tres estilos oratorios diferenciados:

  • Tenue: estilo sencillo, cuyo modelo es el lenguaje normal, caracterizado por una expresión clara y llana. Rechaza los adornos llamativos pero acepta los apuntes graciosos.
  • Medio: estilo que discurre con calma y placidez, en este caso, adornado por figuras de palabra y de pensamiento. Se trata de un lenguaje más pulido que el anterior.
  • Sublime: estilo en el que se encuentra el mayor potencial pero también entraña la mayor dificultad. Engalanado con palabras cultas y elevadas, su elegancia es admirada por todos.

 

Cicerón concluye que el perfecto orador debe dominar los tres estilos y saber discernir cuál es el más conveniente en cada situación, o incluso combinarlos dentro de un mismo discurso. La fuerza del orador reside en decir las cosas sencillas con sencillez, las cosas elevadas con fuerza, y las cosas intermedias con tono medio.

 

En la actualidad, el pensamiento ciceroniano sigue manteniendo plena vigencia. La importancia a la hora de hablar en público radica no sólo en desenvolverse con soltura delante de un amplio número de personas y mantener un tono modulable a lo largo del discurso, sino también en medir bien las palabras y comunicar el mensaje adecuado en el momento idóneo.

 

En definitiva, dependerá de dos elementos: el tema y las personas. Conviene adaptar la técnica en función del asunto a tratar; por ejemplo, no es lo mismo un discurso a favor de la unidad territorial de un país que tenga como pretensión insuflar los ánimos de la población, repleto de palabras solemnes y transmitido con vehemencia, que una intervención en una junta de una comunidad de propietarios, donde se trate de resolver un problema concreto, y el lenguaje a utilizar deba ser preciso y sencillo.

 

La otra vertiente a tener en cuenta por parte del orador es la adaptación al tipo de público que le va a escuchar, considerando su perfil de edad, cultura, estatus social y económico, entorno y otra serie de características que puedan condicionar su comprensión y deleite. No debe olvidar la importancia de saber detectar precozmente las expectativas de las personas que conformarán el auditorio. 

 

En nuestra época contemporánea, el país que posiblemente ha generado más y mejores oradores en todos los ámbitos de la sociedad, tanto renombrados en el mundo de la política y los negocios, como gente corriente, son indiscutiblemente los Estados Unidos de América. Como personajes históricos relevantes, destacarían grandes líderes políticos como Abraham Lincoln, J.F. Kennedy, M.L. King, Ronald Reagan, Bill Clinton o Barack Obama; y reconocidos empresarios como Steve Jobs o Robert Kiyosaki.

 

Asimismo, muchas personas anónimas, en cualquier ámbito profesional, disfrutan con el hecho de hablar en público y ganarse la admiración de quienes les están escuchando. Desde abogados tratando de convencer al jurado popular, pasando por comerciales o vendedores de toda laya, hasta un simple guía que logra emocionar a los turistas relatando con orgullo relevantes acontecimientos de la Historia de su país. Estas destrezas comunicativas se manifiestan incluso en eventos festivos o luctuosos, donde siempre hay algún voluntario predispuesto a verbalizar un emotivo panegírico en honor de una persona. Fruto de esta pasión por la comunicación surgieron las Charlas TED en California, que se han convertido a día de hoy en un referente a nivel internacional en la divulgación del conocimiento, sobre todo tipo de materias, a través de un estilo ágil y didáctico.

 

En todos estos casos, los protagonistas saben utilizar, o combinar, los distintos estilos inicialmente mencionados, adaptando el discurso al contexto y utilizando el lenguaje apropiado para conectar con cada tipo de audiencia. El speaker americano ha sabido encarnar, con más vigor que en ninguna otra parte del mundo, el viejo ideal de Cicerón.

 

 

 

 

 

 

Elena Brasero, Consultora de Marketing y Comunicación de La Fábrica de Discursos

 

 

 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

Cicerón, Marco Tulio (2006): El Orador (Traducción de Sánchez Salor, Eustaquio). Madrid: Alianza Editorial.

Demóstenes (2008): Discursos ante la Asamblea (Edición de Felipe G. Hernández Muñoz). Madrid: Ediciones AKAL. 

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