La narrativa venció al show

Fue quizá el peor debate presidencial de todos los habidos en la historia reciente de los Estados Unidos. Dos egos alimentados subidos a un atril de última generación, representándose a ellos mismos y su marca política. El macho alfa contra el maquiavelismo sibilino de la posible primera mujer presidenta. El discurso outsider frente al mensaje del establishment. Poco show para tanta expectativa previa. Ambos fueron, sin embargo, creíbles en el papel que les tocaba representar. Firme y presidenciable Clinton, provocador y desatado Trump. Para quienes hemos preparado tantos debates, de todo tipo, fue un duelo sin sustancia, con poco punch para lo que se estila en la América del marketing.

 

Siempre es complejo trabajar un duelo dialéctico cuando tu oponente es tan imprevisible que empieza por saltarse las reglas del mismo. Porque Trump no tiene narrativa ni estrategia. Él es su propio relato, un torbellino de frases inconexas pero productivas para esa parte del país que odia más a Hillary de lo que le quiere a él. Todo debate se concibe para debatir con otro (adversario), pero se gana cuando debates para otros (público). Clinton entendió esta máxima, porque su discurso y disposición corporal, su mirada y su tono, se dirigió en todo momento a la audiencia, no a Trump, más enfocado en intentar ridiculizar a su oponente que en construir argumentos solventes. Mientras Clinton habló en primera del plural ("tenemos", "nosotros") con ejemplos aterrizados, Trump personalizaba su mensaje ("yo", "haré"), buscando el impacto de la abstracción, técnica que a veces funciona porque embarra la discusión. Y en el barro, Trump gana a cualquiera.

 

El debate no empezó mal para el polémico magnate y empresario. Sus argumentos eran incoherentes, sí, pero eficaces para esa parte de la población norteamericana que tiene como principales preocupaciones el empleo y la seguridad. Se dirigía a quienes le permitieron estar allí la noche del lunes, no a contentar análisis previos. Dibujaba enemigos por doquier (México, China, ISIS...) para que se visualizara al salvador que acabaría con ellos: él mismo. Sin embargo, tanta efervescencia desatada es contraproducente si se mantiene en el tiempo. Un debate no se gana hablando más que el oponente, sino dejando mejores sensaciones perceptivas. Trump pasó de la tranquilidad a la interrupción, del discurso firme al alterado, a trompicones y repitiendo mantras ("ley y orden"," hacer América grande de nuevo"). Clinton sonreía ante el discurso enérgico de su rival, fue de menos a más, cuando se quitó el escudo que intentaba controlar los daños. Pidió perdón cuando Trump le retó a publicar los correos enviados desde un servidor privado: "yo publicaré mi renta cuando Hillary saque a la luz sus e-mail borrados". Sus ojos buscaron en su mente el argumento. Desde la tranquilidad, fue provocando progresivamente a un Trump cuya compostura mutó en alterado despropósito. Quizá por ello tuvo "deliberados" lapsus cuando hablaba de conflictos sociales relacionados con la seguridad. Ojo a este frase: "necesitamos más policía. Es terrible lo que está ocurriendo en Chicago. Yo tengo propiedades ahí".

 

En esa frontera entre la calma y la efervescencia, el duelo entre el aspirante y la candidata oficial se resumió en la frase de la noche, con la que Clinton apartó de un guantazo dialéctico a Trump. "Donald me critica por prepararme este debate. Pero, ¿sabes también para lo que me he preparado? Para ser Presidenta". Desde ese momento, los eslóganes y frases hechas de Trump no pudieron con el discurso de apelación al futuro, evocando sueños, de Clinton. El impacto y frenesí verbal no supieron frenar a las convicciones argumentales de quien sabe que sólo un error propio, le apartaría de hacer historia. Aún quedan dos debates. A Trump le hará falta algo más que hacer de Donald.

Artículo original: La Razón

 

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