Por qué Pedro Sánchez no puede ser presidente

En Ferraz hace tiempo que la frase de un liberal como Tocqueville "No puede gobernar una nación quien no sabe gobernar su propia casa" fue eliminada de todo quicio moral, superado por una ideología que excede cualquier análisis que no sea la negación a todo lo que provenga más allá del centro, y por las sucesivas amenazas a barones (otrora llamados caciques) territoriales ante los arrebatos de cordura de estos.

En estos momentos del partido, España sigue buscando presidente por la insistencia de Pedro Sánchez en hacer a la portuguesa no lo que no ha conseguido seducir a la española. Su pacto de izquierdas (falaz, por el carácter reaccionario de muchos de sus posibles socios) no es viable porque, a pesar de apoyos y abstenciones, las hipotecas contraídas pondrían en solfa el futuro de la nación.

Su insistencia en ser presidente (su única y última oportunidad de serlo) le resta credibilidad si atenemos a sus declaraciones en plena campaña electoral: "Si el PSOE no gana las elecciones, para mí será un fracaso. No me resigno a ser segunda fuerza de este país" (Antena 3, 10 de enero). De aquella declaración embarrada vienen estas medidas de lodo consumado. La siempre doble estrategia de mensaje de un PSOE que sigue sin saber a qué bandera agarrarse.

Y todo esto a pesar de los cansinos catódicos, que siguen vendiendo la posible pero irreal opción de que se puede gobernar "gracias a" pero no "obligado por", lo que significa desconocer el proceder de todo partido nacionalista y antisistema. Quizá no se haya aprendido de la experiencia fracasada que supuso el tripartito en Cataluña, piedra de toque del hundimiento de un PSC que jugó a ser peón del tablero nacionalista antes que rueda de recambio, insertándose en un sistema del que le acabarían expulsando los verdaderos pura raza del 'establishment' catalán.

Ese giro del socialismo catalán, permitido entonces por Zapatero y su equipo, motivó la aparición de un partido como Ciudadanos, impulsado por gente pensante y no obediente, crítica y no servil, que denunció el 'hincarodillismo' deMaragall ante el nacionalismo conservador, al que se sumó el todo vale de Zapatero con su "aprobaré la reforma del Estatuto de Cataluña que apruebe el Parlamento de Cataluña" en aquel célebre mitin en Barcelona en 2003, del que luego se desdijo una y otra vez. Ese giro del socialismo catalán motivó la aparición de Ciudadanos, impulsado por gente que denunció el hincarodillismo de Maragall ante el nacionalismo Al PSOE, partido veleta donde los haya, no le conviene ahora acceder al Gobierno, aunque sus asesores de cabecera lo pidan como súplica parlamentaria, incluyendo ayudas de esa derecha de la que reniega para que la unidad de España se mantenga, pero a la que se abrazaría en sus formas separatistas (PNV) con tal de alcanzar el poder. No le conviene acceder al Gobierno porque no ha transitado la travesía que un partido de 90 escaños y millones de votantes perdidos debe tener. Porque ahora mismo no se sabe si es un partido, no se sabe si es socialista o socialdemócrata (la indefinición es táctica ganadora a corto plazo siempre, pero errónea estrategia que te hipoteca a la larga) y hasta la 'E' de Español la tiene en barbecho ante peticiones como las de su franquicia catalana, que le solicita tener también grupo propio en el Congreso. Una cesta gobernable con esos mimbres se antoja imposible. Estas son algunas de las razones que todo observador entendería para que la normalidad institucional se mantenga, no vayamos a nuevos comicios urgentes con el consiguiente coste social y económico para el país, y empiece a prevalecer (va siendo hora) el sentido común de nuestros dirigentes. O lo que es igual, por qué Pedro Sánchez no puede ser presidente.

1) Por estrategia política. Un Gobierno en minoría, con tan pocos soportes parlamentarios y en legislatura corta, perjudica más al PP que un Gobierno de concentración de siglas del PSOE y asociados. La necesidad de aprobar presupuestos y medidas de corte social dificultará unas negociaciones que serán intensas y con cesiones por todas las partes. El PSOE, reseteado y con nuevos bríos, llegaría en mejores condiciones de competir por Moncloa en la siguiente contienda, y sacaría mayores beneficios políticos que su estrategia actual, desesperada y con evidente ansiedad por el poder.

2) Por su inexistente proyecto nacional. Gobernar España con aquellos que quieren separarse de ella, que no la reconocen ni en su propio nombre o que pisotean su esencia histórica hasta diluirla en naciones con entidad política más allá de su gen cultural, no parece lógico desde la praxis institucional. Se ha empezado por ceder en el Senado a los separatistas catalanes cuatro senadores para que formen grupo propio. De aquel solemne y estudiado acto con la bandera de España detrás, ya ni se acuerdan en Ferraz.

3) Por su falta de coherencia y ausencia de liderazgo. Sánchez no es un político preparado. No representa la socialdemocracia de valores que en otros estados ha reforzado derechos sociales y bienestar poblacional. Al contrario, no se le conocen virtudes más allá de ganar unas primarias por accidente, de venderse al mejor postor, de eslóganes que impactan bien, pero apenas sí poseen enjundia argumental.

Ha incurrido en incoherencias continuas (hace un año aseguraba que nunca pactaría con Podemos, "un partido populista"; meses después le daba varios ayuntamientos importantes y hoy le suplica apoyo para gobernar), se ha inventado personas para justificar su conciencia social (la joven Valeria), desconoce quién hizo qué en la historia de su país ("el PSOE trajo la ley de divorcio a España [sic]", cuando fue el Gobierno de UCD). Errores que le incapacitan para entrar en Moncloa como líder progresista (otro día hablaremos de cómo la izquierda se ha adueñado de este concepto). O si lo quieren más resumido: no tiene ni una idea ni un proyecto para España más allá de su deseo de ser presidente por acción u omisión.

4) Por las hipotecas que contraerá. Si Sánchez pacta con Iglesias, Podemos será el banquero del PSOE, más allá de renuncias iniciales. Y el partido nacionalista que le preste coyunturalmente sus apoyos no lo hará (la ingenuidad de quien lo defiende) gratuitamente. Vender estabilidad junto a los que llevan meses saltándose cualquier soporte legal es vender humo retórico.

En definitiva, queríamos un Parlamento a la italiana y lo que tendremos a corto plazo, si siguen jugando así sus estrategias sus señorías, será un Gobierno a la francesa: doble vuelta y la posibilidad de que los extremos dirijan el cotarro nacional. El diálogo debe ser algo más que un mantra discursivo: un verdadero ejercicio de responsabilidad personal. Algunos, más que no estar a la altura, están sacando a la luz, en el momento decisivo, su verdadera talla política.

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