El triunfo de la sharepolítica: por qué ha ganado Trump

Se acabó. La campaña de la pinza en la nariz, las elecciones del voto en contra, la maquinaria de "frenemos a Trump", ha finalizado. Ganó Hillary, como todos esperaban y la mayoría quería. Es la 45 Presidenta de los Estados Unidos.

 

Así hubiera comenzado el artículo que tenía preparado para The Objective. El que muchos tenían negro sobre blanco en cocina, prestos a ponerle la rúbrica final. Esperando su oportunidad para explicar por doquier que la victoria demócrata era previsible porque tal y cual. Bla, bla, bla de salón. Hoy asistimos a la derrota de las predicciones demoscópicas. Es el ocaso temporal de los que nos dedicamos a analizar escenarios desde la comunicación política. La opinión pública hace tiempo que analiza, ve y resuelve de forma diferente a la opinión publicada.


La corriente de lo “previsible” no ha seguido su curso, y ahora debemos observar los factores que han convertido a Trump en el nuevo inquilino del Despacho Oval. En mi opinión, ha sabido jugar con pericia con el peso importante de cinco factores, a saber:

 

 

1) El peso de la historia. Desde que Franklin Delano Roosevelt repitiera presidencia por tercera vez, aludiendo a la problemática del conflicto bélico mundial, ningún presidente, ni antes, ni después, había superado los dos mandatos. Gracias a la Vigesimosegunda enmienda, aprobada por el Congreso en 1947, se prohibía de facto cualquier intento de optar a una tercera reelección. Las alternancias eran pues, más de partido que de personas. Le tocaba ahora al Partido Republicano. Por inercia y cansancio con una situación de retroceso económico, del que se culpa habitualmente al gobierno saliente. Siempre es más sencillo vender ruptura que continuidad cuando hay hartazgo social.

 

2) El peso del contexto. Según el Financial Times, en 2016, un hogar medio estadounidense ingresaba 2,5% menos que a finales de los noventa. La clase media blanca masculina, mayoritariamente votante de Trump, ha perdido poder adquisitivo cada década. Los granjeros y demás población rural han visto como su economía retrocedía en la legislatura de Obama un 2%, mientras que las de las ciudades aumentaba un 7%. Este resumen ayudaba al magnate a vender un mensaje claro antisistema, con la dureza que se requería. Efectivo para esa América de moral confusa y orgullosamente desinformada, permeable a comprar mensajes dramáticos sobre una situación concreta. Desde la Europa snob creíamos entender al votante norteamericano, al que menospreciábamos en los prolegómenos por su predisposición a votar populismo. El catetismo patrio siempre ha visto más pajas en ojos ajenos que vigas en propios.

 

3) El peso de la candidata demócrata. La impopularidad de Hillary Clinton podía competir perfectamente con la de Trump. A pesar de que Obama deja la Casa Blanca en el momento más álgido de apoyo popular (casi un 55%), esto no sirvió a Clinton para granjearse el favor y fervor de las masas, descontentas con una política federal más anclada en la burocracia de la nada que en la práctica cotidiana del americano medio y sus problemas. Ha sido una campaña jugada a la contra y en contra, más reactiva que proactiva, más de mal menor que de soluciones mayores.

 

4) El peso del miedo. Ambos lo jugaron, es verdad. Pero sólo uno lo ha rentabilizado. Se ha hablado mucho de las apelaciones de Trump al temor que una inmigración desaforada y una inseguridad creciente acaben por crear el consabido caos que sólo una firmeza presidencial y unas políticas duras podrían solucionar. Ha sido un miedo más concreto, más visual, más cotidiano, y por tanto, más manejable. El miedo de Hillary era, sin embargo, un miedo más abstracto, rozando lo etéreo. Simplemente era el rentabilizar ese miedo a la incertidumbre que provocaba un personaje como Trump en el Despacho Oval. El miedo al miedo, esa anticipación de un peligro que aún no ha sucedido, en metafísica definición de Marina. Cuando no tienes nada que perder, sólo temes a que todo siga igual.
Lo cierto es que cualquier candidato que se hubiera presentado contra el sistema hubiera tenido el mismo apoyo que Trump. Y cualquier candidato o candidata que se hubiera presentado como continuidad a las políticas del sistema, habría tenido a la mitad de la población en contra. Los votos a favor o en contra no son por los candidatos, sino por rechazo a lo que representaban. Sólo se trataba de activar descontentos segmentados. Hasta en Florida, los hispanos, esa comunidad vilipendiada y que muchos pronosticaban que se movilizarían en masa contra Trump, ha votado republicano.

 

Es el triunfo de la sharepolitica. Comunicar en streaming o generando trending topics. Buscando impactos con totales que influyan mediante el consumo rápido. El vómito del exabrupto en sesión continua. La campaña de Trump, el realitysmo del que hablaba en su columna del El Mundo Arcadi Espada, deviene en show business constante, donde el púgil deslenguado convierte su ring del despropósito en la fuente de todas sus virtudes. Analicemos el porqué antes de seguir criticando un sistema y a sus votantes.

Hay una máxima que siempre repito ante de unas elecciones: que los problemas de la campaña no influyan en la campaña. A Hillary le han influido. Su problema con los emails, su imagen fría y distante, su perfil de snob clasista jugaban en su contra. Ni ha sabido movilizar al público de Sanders, ni ha atraído a las minorías como debía, ni ha sabido conjugar su lenguaje de continuidad con reformas que al ciudadano damnificado por la crisis le apacigüe su desafecto creciente, ni ha sabido presentar un programa ilusionante que venciera el programa de temor que tenía enfrente.

 

Trump fue más vehemente exponiendo los problemas y más beligerante anunciando las soluciones y consecuencias si ganaba. Venció en esa política del reality y el share frente a una rival que ha realizado la campaña más conservadora, en forma y táctica, de los últimos tiempos. Consciente de que su popularidad no era alta, jugó con el miedo del continuismo (recesión económica, inseguridad y aumento de inmigración descontrolada) y el manejo de datos sobre el contexto (aumento del seguro del ObamaCare) como factor fundamental de su triunfo. Con Trump, la oratoria de celofán, el marketing político de los grandes discursos y la retórica bien esculpida, se ha acabado, lo que demuestra que, en tiempos de guerra, no siempre gana la literatura. Aunque Churchill discreparía sobre esto último.

 

Trump es el Presidente de los Estados Unidos. Un escenario que ya pronosticaron primero los guionistas de Regreso al Futuro II y después, los de Los Simpsons. Siempre creímos que la ficción tenía su lugar en ese rincón de la memoria del que nunca escapa. Hasta que, en días como hoy, se escapa. Ahora, dejo que los tertulianos pongan en nuestro sitio a quienes llevamos semanas dibujando escenarios animados.

 

Fran Carrillo para TheObjective

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