La oratoria del faquir

Siempre defiendo que los discursos de investidura se escriben para persuadir al de dentro, no para seducir al de fuera. Para encontrar apoyos intramuros, previamente negociados, no para contentar a votantes y afectos ciudadanos. En un faquir de la oratoria parlamentaria como Mariano Rajoy, un discurso como el de ayer, en plena canícula estival y con el termómetro del descontento subiendo, debió ser como una de esas caminatas que se pega por su Galicia natal, una cosa de tirar para adelante hasta que acabe.

 

Pero no. Ayer vimos a un Rajoy pesado, agotado quizá de tanta negativa, hastiado de tanto mosquito ruidoso que prefiere la trinchera al puente. Quizá esperando a que su retórica de ataque se desperece en las réplicas de hoy. El presidente, siempre cohibido ante el flash de la cámara, se siente cómodo en el aroma embriagador del escaño. Sin embargo, aún le falta interiorizar que si lo que comunica es el papel, lo que descansa es el argumento. Ese punch es la diferencia entre el orador que transmite y el lector que informa.

 

Y eso que quiso darle un barniz de solidez a su intervención mediante una retahíla de razones por las que se sometía a la confianza de la Cámara. Clasificar un discurso siempre ayuda al orador a manejar con soltura los argumentos y al receptor a no perder el hilo del mismo. En su articulación, se empeñó en dibujar realidades (votos) como muros infranqueables de razón persuasiva. Fue el momento de mayor contundencia de toda la tarde. No obstante, Rajoy debe mejorar la transición entre temas. Ayer fue de la economía a la España de 1812, pasando por el paro y el Brexit sin solución de continuidad. Pausar el discurso siempre ayuda a situar el mensaje en la mente del receptor, aunque este vista de parlamentario hostil.

 

Tampoco nos sorprendamos de que la oratoria del gallego sean como sus etapas favoritas de ciclismo: llanas. En Rajoy los discursos siempre estarán mejor escritos que declamados.

 

Artículo original: ABC

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