La fotografía en política

En la Universidad de Texas, en el Harry Ransom Center, se conserva la que está considerada como la primera fotografía de la historia. Su autor es Joseph Nicéphore Niépce y la presentó en sociedad en 1827 después de ocho horas de trabajo y composición. La llamó 'Punto de vista desde la ventana de Le Gras' y fue una instantánea tomada con cámara oscura desde su minúsculo despacho de trabajo. Aparece en la desdibujada imagen, que nunca pudo retratar en trazos de torpe dibujante, un hombre montado a caballo, un retrato de una realidad precisa de la época. Desde entonces, la fotografía ha sido una vía alternativa de interpretación del mundo y contexto que nos rodea. La imagen es la que es; la interpretación es lo que queremos que sea. También en política.

La fotografía hace tiempo que se considera un apéndice más de la comunicación política. Imágenes que transmiten mensajes sin palabras, contextos que se explican con una mirada y que sirven en la mayoría de ocasiones de elemento propagandístico del candidato en cuestión. Una manera más de contar lo que hacen nuestros representantes, otorgándoles un canal que está transformando la narrativa de comunicación de las personas y que nos hace entrar en la era de la civilización visual.

 

En los últimos años, fotografiar lo que hace un político ha adquirido una impronta decisiva en el posicionamiento de gobierno desde que Pete Souza (que empezó en esto de la fotografía política con Reagan) se convirtiera en un miembro más del 'staff' de la Casa Blanca, encargado de hacer de la propaganda un arte al servicio de la causa natural de Obama: vender cercanía donde siempre hubo distancia, hacer que la diferencia se mimetice con un entorno convertido en parte de la estrategia. La razón de incorporar un fotógrafo profesional para que inmortalice y comparta el día a día del político es sencilla: el cerebro del receptor procesa antes lo que ve que lo que escucha. Asimila mejor el contenido de una representación gráfica que un conjunto de sonidos traducidos en palabras. Y no solo lo asimila mejor, sino que da más veracidad a la imagen que a la explicación. La mirada en política hoy se constituye como ventana de comprensión de los procesos que la componen.

 

Hoy, es determinante la política visual, que afecta a la neuroquímica cerebral. Cómo interpretamos lo que vemos, y lo ponemos en relación al pensamiento y contexto en el que encajamos nuestra visión del mundo, es decisivo para poner en marcha políticas que beneficien al conjunto de la sociedad. Si lo captado va en relación a los principios que se desean transmitir, esa instantánea será inmortal en la memoria colectiva por mucho tiempo. Con cada foto, aumenta nuestra capacidad de observar el mundo a través de diferentes prismas. La política no es sino un escenario más en el que generamos percepciones en lucha constante con la realidad. La morfología precisa de una toma simplifica el lenguaje que esconde. Detrás de aquellas hamburguesas que Obama y Medvedev devoraron, se escondía un relato que vinculaba al presidente americano con una tradición consumida por la mayoría de norteamericanos. Un lenguaje gastronómico que denotaba conexión con las costumbres y vicios de sus representados. Aquel abrazo con Michelle tras ganar la reelección en 2012 traducía una visión familiar del país, una unión intrínseca a una historia común. Foto de abajo a arriba, de dónde vinieron y a dónde llegaron. Lo que quieres contar sin filtros siempre se puede captar sin Photoshop.

 

Por eso, más allá de la técnica y composición del profesional, el político debe transmitir sus ideas, sus emociones o simplemente la realización de un acto explicable desde la óptica del plano simple. Si no hay principio que transmitir, no hay imagen que pueda resumir emoción alguna. En España, aún no se ha considerado al fotógrafo profesional como una parte esencial en la comunicación política, cuando es quien más puede hacer por la marca del propio político, generando percepciones positivas a golpe de 'flash'. Se trata de llegar al consumidor humanizando un trabajo, comunicando una forma de gobernar precisa. Sin interferencias entre imagen y receptor, desdibujando la línea privada de la que muchos son celosos guardianes.

Lo que debería haber sido un verano tranquilo, como cualquier otro en el calendario estival español, se altera por la especial coyuntura negociadora. Políticos retratados y otros que persiguen el retrato, unos evidenciando lo que hacen y otros anunciando lo que van a hacer. Fotos tomadas o robadas, escogidas y escocidas, que denotan falta de tradición en considerar el arte fotográfico como una herramienta más para llegar al ciudadano.

 

Pedro Sánchez ha sido fotografiado en las últimas semanas en pleno retiro del patio negociador, descansando entre hamacas y sombrillas, con vuelta y media por festivales de música. Es de agradecer que un político no trabaje por esconderse y sí por mostrarse. La foto de Pablo Iglesias refleja la ausencia de quien ha vivido en el alambre de la sobreexposición constante y ahora no sabe gestionar los tiempos muertos de la política. Por su parte, Rivera es la foto panorámica, la que aumenta el objetivo para ampliar el cuadro de visión. Pero se echa en falta en él que humanice la acción con más naturalidad que ensayo. No debe olvidar que el objetivo de una cámara esconde la mirada de un ciudadano crítico. La foto de Rajoy en sus paseos y tras el atril capta a un político de círculo cerrado, pensado para trabajar sin focos, huidizo de cualquier mirada, sea plastificada tras un periódico o guardada en la memoria de una cámara. Y eso lo traduce en su comportamiento, con una puesta en escena pobre, sin sustancia. Siempre tiene que estar al servicio de los valores, del argumento político. De nuevo la dicotomía envoltorio y caramelo: nos seduce lo que vemos, pero creemos en lo que nos hace sentir bien a través de la autenticidad: suma de sinceridad en los mensajes y naturalidad en los gestos. Nada de eso luce en Mariano, más pendiente de que el tiempo se dilate hasta desaparecer que de mostrar acción de gobierno vendible.

 

Ninguno de los cuatro líderes logran ser captados en esencia emotiva, camuflados en la apariencia y el postureo de la política pop, la del titular y mantra, la del 'trending topic' y la anécdota. La labor del buen fotógrafo es captar las imágenes que mejor cuenten y resuman el mensaje que se quiera comunicar, porque la mente humana siempre será más proclive a aceptar, recordar y compartir sensaciones visuales que palabras. Pero el político debe ayudarle a hacer su trabajo. Por necesidad y por adaptación a una era narrativa acostumbrada más a interpretar que a escuchar, más a compartir que a pensar. La política de Instagram es hoy más poderosa e influyente que la política del tuit.

 

Artículo de Fran Carrillo para ElConfidencial

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