Hablar en público

 

La comunicación oral es una habilidad que se ha convertido en imprescindible en la actualidad. Nos vemos obligados a hablar en público en multitud de ocasiones, bien sea en una presentación de trabajo ante nuestros jefes, exponiendo un proyecto empresarial ante posibles inversores con el objetivo de solicitar financiación, o bien ante un tribunal que será determinante para aprobar una oposición.

 
 
En este sentido, existen una serie de elementos que son esenciales a la hora de dominar el arte de hablar en público:
 
 
 
El mensaje
 
El mensaje constituye el pilar fundamental a la hora de hablar en público y se refiere tanto al contenido de la idea que queremos transmitir como al objetivo que queremos alcanzar. Hay que crear y dibujar el mensaje primero en nuestra cabeza, asumirlo e interiorizarlo para poder posteriormente dotarlo de pasión y transmitirlo con eficacia.
 
 
Claridad en la exposición
 
Debemos ser capaces de subrayar los aspectos más relevantes de nuestro mensaje haciendo especial incidencia en ellos y gestionando de forma óptima los tiempos para que la charla esté dotada de coherencia.
 
Para lograr tal fin es recomendable organizar la información de nuestro discurso captando la intensidad de la idea fundamental y los elementos que la sustentan. Por un lado, acotaremos el número de ideas a transmitir, lo que redundará en mayor claridad y facilidad de comprensión. Por otro lado, permitirá jerarquizar adecuadamente la información antes de transmitirla.
 
 
La duración
 
Otra de las cuestiones que influyen en que nuestras ideas lleguen adecuadamente a nuestro público objetivo y surtan efecto es que sean expresadas de una forma directa y breve. Un largo desarrollo de un concepto puede empeorar la comprensión del mismo.
 
Por este motivo, a día de hoy son populares las estructuras de discursos como el Elevator Pitch (presentación de un proyecto de emprendimiento ante potenciales clientes o inversores en menos de un minuto de duración), el Pecha Kucha (formato de presentación donde se exponen 20 diapositivas en 20 segundos cada una) o las famosas charlas TED (charlas breves disponibles en línea que cubren un amplio espectro de temas por parte de expertos).
 
 
Concreción del discurso
 
Cuando tenemos oyentes bastante heterogéneos, podemos caer en el error de pensar que cuanto más generalicemos el mensaje, más fácil será de comprender. Por el contrario, si hay algo que nos puede clarificar una idea es una aproximación real, concreta y tangible.
 
En este sentido, un ejemplo siempre es mejor que una elocuente explicación. Aún así, debemos evitar el uso de condicionales y enmarcarlo en el momento presente, para no dar la impresión de un futuro irrealizable o con el que no se sientan identificados.
 
 
Fundamentación
 
Ciertamente proporciona seguridad el hecho de presentar una serie de estudios o referencias técnicas que fundamenten nuestras palabras. Estos datos serán positivos siempre y cuando no aburramos a nuestra audiencia con una enorme cantidad de información que enturbie nuestro mensaje.
 
Si fuera necesario mostrar un gran número de datos o referencias, es conveniente que éstas sean facilitadas a la audiencia de forma documental, o bien mostradas en formato visual en una pantalla. No obstante, hay que tener en cuenta que saturar a los oyentes con cifras y gráficas puede ser contraproducente.
 
 
El ritmo de la ponencia
 
Una de las cuestiones más importantes para conseguir que nuestra audiencia disfrute de la charla y empatice con nuestro mensaje es, sin lugar a dudas, el ritmo de la presentación. En él influyen tanto la duración de la charla, el modo en que vamos a presentar la información y la predisposición por parte de los oyentes.
 
Es posible que tras los primeros minutos sea más difícil mantener la atención del público por lo que la argumentación debe ser clara, lógica y fácil de seguir. En caso de que la presentación sea larga, podemos dividirla en una serie de bloques fácilmente reconocibles cada uno ligado a la exposición de una idea fundamental.  
 
En cualquier situación, el ritmo debe ser lo suficientemente variado para no caer en la monotonía. También debemos apoyarnos en el uso de la voz, el lenguaje corporal y en el cambio de ritmo y velocidad de nuestra exposición.
 
 
Conocimiento del público
 
Una de las premisas básicas antes de hablar en público es saber cuál será el perfil de nuestros oyentes y el grado de interés que puede despertarles la información que vamos a transmitir. Dependiendo de esto decidiremos si nuestra exposición será más académica o informal, centrada en los datos o bien apelando a las emociones.
 
Asimismo, debemos tener en cuenta nuestro perfil y el grado de conocimiento que poseemos sobre el tema a tratar, así como las expectativas y conocimientos previos de la audiencia. Obteniendo la máxima información posible podremos adaptar nuestro discurso de una forma efectiva.
 
Si no disponemos de dicha información, podemos fijarnos en una serie de indicadores como, por ejemplo, ¿han pagado por venir a escucharnos? Nuestra audiencia no viene a escucharnos a nosotros, sino a buscar respuestas sobre temas que les preocupan o interesan. En consecuencia, si hay un interés real detrás, la fuerza de nuestra charlas estará en las ideas que presentemos.
 
 
La voz
 
Ante cualquier presentación nuestra herramienta de trabajo esencial es la voz. Podemos disponer de una llamativa presentación audiovisual o ideas innovadoras, pero si no somos capaces de utilizar la voz de forma adecuada para captar la atención de los oyentes, el esfuerzo será en vano.
 
Lo primero a lo que debemos prestar atención es a la adecuada pronunciación de cada palabra. Lo ideal en este aspecto es expresarse con tranquilidad, asegurándonos de pronunciar adecuadamente cada fonema. Posteriormente, podremos agilizar el discurso según vayamos adquiriendo más confianza.
 
Expresarnos con celeridad puede ser bueno para dar intensidad a una sección, aumentar la motivación y aportar dinamismo a la charla, pero un orador experto debe ser capaz de gestionar el ritmo ralentizándolo cuando sea necesario. Debemos tomar consciencia de variar el ritmo y la entonación de la voz para que la monotonía no se apodere de nuestro discurso.
 
Por último, hay que señalar la importancia de dominar los silencios. Un silencio breve puede servirnos para señalar una idea, crear expectación en el auditorio o incluso para concederle importancia a una pregunta retórica. Un buen orador sabe que el silencio debe complementar y remarcar la importancia de cada palabra.
 
 
Lenguaje corporal
 
Si el ponente sonríe y muestra entusiasmo, será mucho más sencillo contagiar y difundir sus ideas entre la audiencia. Como oradores, debemos creer plenamente en aquello que decimos y ésa será la herramienta más poderosa para comunicar con fuerza nuestro mensaje a los demás.
 
Hay que conectar con el público y la mejor forma es hacerles sentir que te estás dirigiendo a ellos. Puede parecer una obviedad, pero muchos conferenciantes, quizá movidos por la timidez, intentan dirigirse a un fondo de la sala impersonal, en lugar de mirar a los ojos de las personas que les escuchan.
 
Con respecto al hecho de moverse o gesticular, forzar o evitar este tipo de comportamientos de forma artificial puede derivar en una sensación de incomodidad que llegue al público. Hay que intentar mantener una actitud cómoda con la cual poder defender adecuadamente las ideas en las que creemos.
 
 

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