¡Es la credibilidad, estúpido!

La credibilidad es el bien más preciado que puede atesorar un político o cualquier dirigente con responsabilidades públicas o empresariales. La credibilidad aporta la ansiada confianza en nuestra persona, nuestra gestión y nuestro discurso. Y todo ello nos confiere prestigio y reputación. La credibilidad va siempre de la mano de la verdad, de la coherencia de nuestras acciones, y sus principales enemigos son la mentira y la acumulación de errores o la mala gestión.

 

Por tanto, sorprende que muchos políticos no sean conscientes de ello o aspiren a tener una larga carrera política cuando su credibilidad ha sido puesta en entredicho y no hayan sabido defenderla adecuadamente.

 

Podemos poner de ejemplo el caso más reciente, el de la obtención del máster universitario por parte de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, pero ha habido antes otros ejemplos y, desgraciadamente, no será el último. Han sido muchos los errores cometidos en la gestión de esta crisis que podría haber tenido otro resultado en función de cómo se hubiese afrontado. Fallos de comunicación aparte, ante unas pruebas tan reveladoras, quizás no sea lo más inteligente cuestionar dichas pruebas o culpabilizar a la universidad, ya que esta tratará de defenderse para salvar su honor y te pondrá en evidencia, dejando poco lugar a la duda de que quien está faltando a la verdad realmente eres tú. Por otra parte, arrastrar a tu partido -y cargos públicos con el presidente a la cabeza- a teorías conspirativas o supuestas tramas políticas cuando éste está inmerso en multitud de casos de corrupción quizás tampoco sea una buena idea ya que te estás poniendo al mismo nivel de degradación.

 

El siempre sabio refranero popular nos dice que “las mentiras tienen las patas muy cortas” y, como hemos podido comprobar, por mucho que quieras huir hacia adelante, la verdad siempre te alcanzará para ajustar cuentas contigo.

 

Por tanto, sólo nos queda una vía, quizás la más fácil, aunque la más dolorosa, pero también la más satisfactoria: decir la verdad. Pensemos que, desde el principio, Cristina Cifuentes, en un ejercicio de responsabilidad y transparencia, asume su error, reconoce su culpa, pide perdón y dimite o pone su cargo a disposición de los madrileños. Sin duda alguna, el marco narrativo en el que discurriría la polémica sería otro. En política se suele decir que los votantes toleran un error -si va acompañado de la correspondiente penitencia-, pero no que se les siga mintiendo todo el rato y menos que se les trate de tomar el pelo. Quizás si la aún presidenta de la Comunidad de Madrid hubiese admitido su culpabilidad, todavía tuviera alguna oportunidad de rehacer su carrera política (a los ciudadanos nos suelen gustar las historias de humildes ave fénix que resurgen de sus cenizas revestidos de superación personal), pero tal y como ha gestionado esta crisis - primero- personal, pero que ha acabado por serlo política, académica y social, dudo mucho de que después de este incidente vuelva a estar en la primera línea política.

 

Otro factor a tener en cuenta, muy importante en comunicación política, es la generación de expectativas y es que Cristina Cifuentes se auto presentaba como abanderada de la regeneración política y la lucha contra la corrupción. Incluso sonaba en los mentideros políticos como posible sucesora de Mariano Rajoy, ya que parecía no tener ninguna mácula de corrupción. Por tanto, el impacto negativo de esta noticia ha sido mayor para quien estaba llamada a defendernos de la inmoralidad política. En otros países, casos similares como la apropiación de ideas ajenas han sido motivo suficiente de dimisión o renuncia. Así sucedió con la exministra de Educación de Alemania, Annette Schavan, descubierta en 2013 por plagiar su tesis doctoral; con el exministro de Defensa alemán, Karl Theodor zu Guttenberg, que además era el ministro más popular de Alemania y delfín de la canciller, Angela Merkel, pero renunció a su cartera en 2011 por el mismo motivo; o con Victor Ponta, ex primer ministro rumano, que copió su tesis en 1980 y fue descubierto en 2013, dimitiendo dos años más tarde.

 

Hay quien piensa que, con todos los casos de corrupción política y económica existentes, éste es un mal menor. Que, como defendía al principio el Partido Popular en sus argumentarios, lo verdaderamente importante es abordar el afán de “titulitis” -no sólo de nuestros políticos- y la regulación de másteres y postgrados del sistema académico de nuestro país. Pero en el fondo de todo este tema subyace algo más importante que es la ejemplaridad de nuestra clase política. Como ciudadanos queremos cargos públicos de los que sentirnos no sólo representados sino orgullosos, que sean dignos gestores de la res publica, y hagan de la credibilidad su cordón umbilical con la ciudadanía.

 

En nuestro país, la dimisión es vista de forma negativa y rara vez se produce. Sin embargo, dependiendo del motivo por el que se dimita, puede ser un magnífico ejemplo de coherencia profesional, de asunción de responsabilidades, expiación de la culpa, humildad y transformación personal. Lo que para unos significa cavar su tumba política, otros lo convierten en oportunidad, un paso para atrás para coger impulso y presentarse de nuevo ante la opinión pública como un personaje renovado, liberado de lastres y reputación mejorada. Éste es el principal error que ha cometido Cristina Cifuentes, creer que gana quien resiste más, cuando es quien lo hace desde la verdad.

 

 

Nota: En el momento de escribirse este artículo, Cristina Cifuentes no había renunciado al Máster, hecho que acaba de producirse.

 

 

 

 

 

 

Ignacio Martín Granados. Consultor político. Miembro del consejo directivo de la Asociación de Comunicación Política (ACOP)

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