El PSOE y la dictadura de las mayorías

La encuesta de Metroscopia que publicó este pasado domingo El País —el 47% de los militantes socialistas opta por una abstención a la investidura de Rajoy frente al 49% que prefiere la aventura de terceros comicios— confirma lo que durante el último año y medio ha sido el PSOE: un partido dividido y descosido entre votantes, base de cuota, cuadros y mandos. Una histórica formación cuyo rumbo actual parece ser dictado por los caprichosos vientos del ego baronil de turno. Entre lo conveniente y lo correcto hay una amplia frontera de interpretaciones que en Ferraz llaman principios o fidelidad al militante. Entre Susana Díaz e Iceta hay el mismo feeling que entre un seguidor de Trump y la Declaración Universal de Derechos Humanos.

 

Vayamos al meollo del asunto. Los socialistas tienen claro el transporte: cabalgar a lomos de la base. Pero no el destino: diciembre o la semana que viene. Y aquí, la demoscopia ayuda, pero no determina. Su relato es: nadie nos quitará ser el verdadero partido de la izquierda y los trabajadores. La realidad dice: los votantes de menos de 35 años han perdido toda ilusión por esas siglas y sus valores. Conclusión: en unas terceras elecciones lo peor no sería perder la bandera de la izquierda a manos de Podemos, sino la sensación de que recomponer un puzzle roto obligaría a una transición por el desierto electoral de varias legislaturas. En esta línea se deben entender los movimientos de Felipe González y afines de las últimas semanas.

 

El problema del PSOE se llama dictadura de las mayorías, que en clave interna denominan democracia de base. Uno de los Padres Fundadores de EEUU, John Adams, avisó hace más de dos siglos del peligro que un régimen de mayorías encerraba como fiebre plural, algo que corroboraría después Tocqueville en la democracia en América. Criticaba esa suerte de plebiscito continuo en el que un grupo se imponía a otro sólo por la cuestión numérica. El pensador liberal francés advirtió, como también hizo Jefferson, de la falacia que escondía que una parte —mayoritaria— de la plebe más contaminada que informada, controlara al resto de la población. Madison llegó a escribir que “cuando una mayoría se une por su propio interés, la minoría y sus derechos estarán desprotegidos”. En Ferraz, la aguja sigue sin posicionarse entre la sensatez que conviene y el impulso de lo que satisface. La mayoría de cuota socialista quiere lo que más puede perjudicar en un futuro y a efectos de representación, al partido. Paradojas del tablero político.

 

El PSOE sigue sin interiorizar ni digerir qué ha pasado entre 2011 y 2016. Por qué ha perdido esa base social joven. Aún no han asumido esa transición del voto clientelar al voto activista. Continua ponderando sus decisiones en base a una militancia dividida, unos cuadros enfrentados y una base social menguante, que observa con vergüenza el desprestigio a unas siglas de las que hasta no hace mucho sentían pertenencia, orgullo y vínculo emocional. Mientras al PP le conviene unas terceras elecciones porque así gobernaría con más holgura parlamentaria, menos sujeto a vaivenes de acuerdos puntuales, al PSOE le favorece abstenerse y, desde un perfil más institucional, que controla y domina por experiencia y trayectoria, intentar hacer una oposición dura y perseverante. Por dos razones: la primera es que ahí tiene un espacio en el que arrebataría a Podemos su tradicional habilidad para el foco mediático. El Parlamento no es un plató de televisión y las hechuras socialistas le permiten fajarse entre escaños, algo que la imberbe formación morada aún debe aprender. Y en segundo lugar, porque tras dos legislaturas de Rajoy, la ciudadanía española sería más proclive a un cambio de gestión (digo de gestión, no tiene por qué incluir de partido) que podrían abanderar si recuperan la tradicional alianza de clases medias y populares, como sostiene Borrell. Pero antes de todo eso, que tengan clara la brújula de lo que quieren ser y representar. Tanto federalismo en el pasado ha terminado por descoser de verdad a un partido que nació para ser jacobino.

 

Tribuna de Fran Carrillo para OKDiario

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