El centro y los extremos

 

 

España parece abocada a unas nuevas elecciones generales. Y lo hace sin superar la constante brecha de ideas y posicionamiento que las cuatro fuerzas negociadoras vienen marcando entre sí y contra el resto desde que las urnas dictaran sentencia el pasado diciembre. Como si Heisenberg hubiera reformulado, a través de su principio de la incertidumbre, el panorama político actual, donde nadie sabe en qué momento estamos porque nadie conoce la posición real de cada uno.

La política es una constante tensión entre ejes narrativos, situados por contraste en el imaginario colectivo mediante técnicas de 'marketing' más o menos eficaces. Desde aquella Asamblea francesa salida de la Revolución que hizo surgir el azaroso eje izquierda-derecha hasta el más contemporáneo contraste arriba-abajo, popularizado por Podemos y su laboratorio gramsciano, el inconsciente ciudadano ha basado sus decisiones en la dicotomía electiva, esto es, la decisión sustentada en dos opciones, no más. De ahí que el célebre lingüista norteamericano George Lakoff defina como "biconceptuales" a aquellas personas que en algún aspecto de su vida son progresistas y en otro conservadoras, sin escalas intermedias. Volveremos más adelante a él.

 

Incluso ahora, en España, cuando parece que el ecosistema admite una apertura de posiciones políticas en forma de partidos y confluencias, la mente sigue anclada en el contraste entre dos formas. Entre vieja política (y de ahí elegir entre el binomio tradicional PP-PSOE) y nueva política, y dentro de la nueva política apostar por Podemos o Ciudadanos. Pero siempre la comparativa dual previa a una elección, por lo general, impulsiva, intuitiva y sensitiva. Es la constante lucha entre la política cognitiva y la política melódica, sin que todavía encontremos el equilibrio que ayude a la razón a justificar sus decisiones.

 

Lo que estamos observando en las últimas semanas, dentro y fuera de la tabla redonda de las negociaciones, es la configuración de un nuevo eje que viene a superar los dos anteriores. El nuevo eje de la política actual se sitúa en el binomio centro y extremos. Si bien no sustituye del todo al tradicional izquierda-derecha, inválido para entender las nuevas ecuaciones de acuerdo en un contexto especial e histórico como este, sí le roba protagonismo en virtud del contexto presente. También parece caer en desuso el rompedor por entonces arriba-abajo con el que Podemos asaltó las conciencias televisivas de este país. Con una Europa que aún debe definir qué quiere ser en los próximos 20 años, con unas instituciones unidas por un sistema que se tambalea a la menor vibración, el descosido del yihadismo y la' boutade' británica de "me voy a menos que hagas algo", la apelación antisistema a la lucha decimonónica de clases, el sensacionalismo de contra el rico "vale todo" y la política de campaña constante (cuando se requiere moldear con 'finezza' de escultor este periodo de entreguerras), la imagen que como país estamos proyectando al mundo es negativa, y define la altura política de nuestros representantes.

A cada extremo, su solución. A cada populismo, su contraste moderado. Ahora, el espacio se define por cómo fotografías tu posición y juegas con la estrategia sobre la mesa de la opinión pública. Lo importante es lo que haces, pero lo decisivo es cómo vendes lo que haces. El centro no necesita 'marketing' que resuma en un eslogan su esencia ni definición. No tiene la trayectoria ni el hueco social que izquierda y derecha poseen y que les permite modificar los mensajes y acumularlos en el cuarto trastero de la sede a la espera de una mejor ocasión. El centro tampoco nació en la red ni bajo el paraguas de mentes 'millennials' que entienden mejor que nadie el nuevo juego político del activismo y la interacción. El centro es un estado de ánimo que hay que alimentar y animar a base de praxis continua, demostración empírica de que la moderación es positiva para un país, el equilibrio clave para su crecimiento y la tolerancia imprescindible para conseguir prosperidad y riqueza. La España en común no se construye de forma centrífuga, sino centrípeta.

 

La comunicación política ha tenido que adaptarse al nuevo contexto social que le informaba de la llegada de nuevos ciudadanos que ya no creen (ni quieren), ni tampoco adoptan las formas tradicionales del pasado a la hora de comunicarse con ellos. Jóvenes que prefieren la conversación al discurso unidireccional, la participación al mensaje pasivo, el activismo a la movilización estándar. Eso provoca que las formaciones tradicionales, más apegadas al mitin, tengan que adoptar, muchas veces a la fuerza, nuevos mecanismos de aproximación a estas necesidades y deseos. La segmentación obliga a cohesionar el mensaje a partir del conocimiento de esos perfiles de usuario y votante. Eso no evita que a veces se caiga mucho en el postureo de la foto permanente antes que en la explicación constante. Vamos hacia una política de interactuación masiva (centro), que no significa contar en cada momento dónde estás y qué haces (extremo). No hay que confundir la transparencia (centro) con hacer de la política un sucedáneo de Gran Hermano. La política del teletipo es peligrosa (extremo), pues retransmite más las miserias que las bondades de un sistema necesitado de verdad y humildad, pero también de una prudente exposición pública (centro).

Se ha confundido últimamente el discurso abierto con el discurso compartido. Este último suele derivar, casi siempre, en comunicación asamblearia (como la del 15-M o la de los círculos de Podemos), con la consiguiente poca organización y pérdida de los mensajes en la nebulosa del recuerdo. Discurso abierto significa discurso de escucha, de participación y de transparencia para transformar en acción planteamientos particulares de programa e ideología. Ya sabe el lector quién está demostrando con acciones esa escucha y participación y quién no.

 

Sobre el nuevo eje y la existencia del nuevo binomio, el ya mencionado Lakoff defiende en su libro 'Puntos de reflexión: manual del progresista' la no existencia del centro ideológico o político, porque en "política es imposible que la mayoría de los asuntos puedan colocarse en una escala lineal y los moderados están siempre en el punto medio de la escala. Y la mayoría de los asuntos son de sí o no. Sin escalas". Quizás estemos ante un cambio de paradigma en ese sentido.

El centro, sin rama política ni social que lo sujete con contundencia, debe ahormar su relato a través de narrativas transmediáticas, sin importar dónde se origine. Lo relevante es que salte de medio en medio y de canal en canal, aprovechando lo mejor de cada uno para situarse y expandirse. No hay mejor manera de hacer viral una historia que situarla en varios medios, entendiendo que el medio donde se ejecuta es lo de menos. Lo que se cuenta y quien la interpreta es lo sensible e importante, como bien explicaba Randy Covington en su texto 'Myths and realities of convergence' (2006). Es el centrista, emisor, quien debe dar forma a ese relato oficial, gestionado por él mismo y su equipo. Pero dicho relato multiplica su efecto a través de las historias creadas por los consumidores (activistas, votantes, ciudadanos) reconvertidos en productores. Y siempre contadas y situadas por contraste, en este caso, definiendo del otro lado a quienes representan posiciones extremas, tanto política como retóricamente.

 

El centro político, hoy con ideas y mensajes propios, bebe y vive de la cohesión abajo-arriba de la narrativa, para explicar de lado a lado dónde está cada uno. Es el poder de la política positiva, del simbolismo escondido bajo un falso pragmatismo de sonrisa. Por eso hay que apelar al regreso a la verdad subjetiva de lo racional, al menos hasta que empiece la campaña, para así devolver al ciudadano la confianza en sus gobernantes y representantes.

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