Cuatro discursos y un funeral

Era 22 de septiembre de 1854. Un menudo joven, de 22 años, natural de Cádiz, llamado Emilio Castelar, pronunció el primero de su interminable lista de célebres discursos en una reunión del Partido Liberal. Fue en el Teatro de Oriente. Arrancó su intervención provocando a los allí presentes: "Voy a defender las ideas democráticas, si es que deseáis oírlas". Quince años después, iniciaría su andadura en la Cámara Baja planteando valores y principios libres, contra la esclavitud, a favor del sufragio universal o por un entendimiento entre los diferentes territorios de España, incluyendo Ultramar. Sublimó la oratoria como ninguno, adecentando un escaño que honraba su representación. No fue el primero, tampoco sería el último.

La tradición parlamentaria española es fecunda en la composición de piezas retóricas de indudable valor y altura política. En el siglo XIX, era habitual ver en la tribuna de oradores declamar con pasión y precisión a sus señorías en la defensa de temas trascendentales para la nación (reforma agraria, sucesión a la Corona, desamortizaciones eclesiásticas, concepto de Estado, etc.). Esa tradición continuó en la Segunda República, donde los debates eran poderosos en causa y consecuencia. Entre mis favoritos está el que tuvieron, en encendida riña dialéctica, Azaña y Ortega, a cuenta de la aprobación del Estatut de Cataluña. Eran discursos de adjetivo rebuscado y verbo sin control, discursos que llamaban a las cosas por su nombre. Ahí estaban prohibidos los eufemismos y las falacias, esa enfermedad del sofista que también los prohombres de la Transición quisieron evitar. De Fraga a Carrillo, de Garrigues Walker a González, de Suárez a Blas Piñar, todos firmaron un pacto por la palabra en la morada que la hace posible. Porque la verdadera casa de la palabra no es la RAE, sino el Parlamento.

 

Un discurso de investidura se escribe y concibe como marco de voluntades e intenciones del candidato a ser proclamado presidente. Una declaración a futuro de sus compromisos. Con ello busca la aprobación de la Cámara a su ulterior programa de gobierno. Nuestro sistema permite que haya dos intentos para obtener ese plácet, algo que parece que tampoco en esta ocasión será posible. Ni con 20 intentos habría presidente. En una guerra de egos, ni siquiera hay sitio para el orgullo. Porque esta semana escucharemos en el atril del Congreso un 'remake' de la guerra del Peloponeso. La Liga de Delos, comandada por Sánchez, Iglesias, nacionalistas y demás miembros del club del No, frente a la Liga del Peloponeso, capitaneada por Rivera y sus 32 espartanos que aún confían en el poder persuasivo de sus reformas con el PP. Discursos construidos para excusarse de la inacción o para demostrar la fuerza de un voto mayoritario pero insuficiente. Cuatro discursos para una España en funeral, con el velatorio permanente y el séquito habitual de enterradores.

 

El discurso de investidura de Mariano Rajoy será lampedusiano, matizado por las obligaciones que Ciudadanos le ha hecho firmar a lo Luca Brasi en 'El padrino'. A la fuerza y por mandato ético. Un sí por el cambio escondía en realidad un sí a través de una obligación de cambiar. Rajoy no es Castelar, aunque define bien su feudo con el sarcasmo a pie de página y la sorna como pluma. Sus discursos son construidos desde el axioma y la metáfora, como en su primera alocución de investidura (diciembre de 2011):

- "Me propongo dedicar toda la capacidad del Gobierno y todas las fuerzas de la nación a detener la sangría del paro".

 

Es hábil con el florete dialéctico, haciendo esgrima con palabras que solo él puede manejar y pocos logran entender. Sus gestos denotan bondad pero delatan descontrol, desconfianza. Presentará como irrefutables los resultados de diciembre y junio, buscando la piedad socialista o el interés nacionalista, en especial del PNV, al que advertirá de la posible retroalimentación que puede haber cuando en un mes sean los de Urkullu los que necesiten de apoyos.

 

Al día siguiente veremos subir al estrado de las vergüenzas a Pedro Sánchez, quien ha tenido tiempo entre las costuras de su ausencia y las hamacas mediterráneas para leer y coger fuelle retórico. Embestirá a Rajoy sin tener aún una alternativa sobre el tapiz del Congreso con el que persuadir a la Cámara 'antipepera'. Cortará con el filo de su negativa toda opción de entendimiento que pase por el partido más votado del país.

Lo he escrito y repetido muchas veces. Su sueño de ser presidente se esfumó por precipitación. Su puesto de secretario general del PSOE lo perderá por desapego. Rajoy no es Castelar, (tampoco Cánovas), pero el bueno de Pedro tiene aún menos de Sagasta. Su oratoria se basa en contrastar con anáforas pasado y presente, en una gestualidad vehemente pero descompasada. Hablará en primera persona, en un trasunto de zapaterismo 'demodé' ("quiero expresar", "mi Gobierno será"). Tuvo su oportunidad tras el 20-D. Desde entonces, ni una buena frase, ni una correcta acción.

 

A Pablo Iglesias se le espera como a esa vieja gloria de la música que ya sabes lo que te va a tocar, pero aun así vas a verlo. Te sabes su repertorio pero aun así lo tarareas. Sabes dónde va a romper el estribillo y es cuando te vienes arriba. ¡Matarile al maricón! le dirá al Congreso. Rompió todo acuerdo de alternativa en febrero por imponer ser el niño en el bautizo y el cura que oficia el entierro. El muerto, eso sí, que se lo coman otros. Ahora envía a Garzón de correveidile para susurrarle a Sánchez que no ceje en su apuesta por ser el 'presidente lasaña'. Pero no hay alternativa sin propuesta. Salvo sorpresa, Iglesias hará un discurso de reproches y circunstancias, alejado de un sentido de Estado que nunca tuvo y casi nadie espera.

 

Albert Rivera será el último de la oposición en intervenir, pero fue el primero que se posicionó al actuar. Desde febrero hasta aquí, el recorrido transitado es la constatación de que una nueva narrativa y política vienen a ocupar un espacio hasta ahora inexistente. Si alguien tiene dudas de qué es el centro, un equilibrio entre pulsiones encontradas y odios pactados, que se detenga a analizar lo ocurrido en estos meses. Aunque en el país de Caín, dará igual: es más rentable una trinchera que un puente. Unos siguen sin saber qué es el centro, otros no quieren entenderlo y los que están en él parecen no saber explicarlo. Pero existir, existe. Y el discurso de Albert tendrá efluvios de esa Transición que tanto reivindica, cuando Suárez apelaba en su discurso de 1979 a la sociedad española a "superar y remontar los problemas actuales" en la construcción de una unidad común. O tal vez piense en el Felipe González de 1982 que, en tono solemne, expuso "el pueblo ha votado el cambio y nuestra obligación es realizarlo". Veremos.

 

Releía estos días 'La oratoria parlamentaria', un libro de prosa reposada y lenguaje vetusto de quien fue mi profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Córdoba, José Manuel Cuenca Toribio. Rescaté tres discursos de investidura en diferentes épocas de la contemporaneidad española. Uno del propio Castelar, en su breve mandato como presidente de la I República, otro de Azaña y otro de Suárez. Tres intervenciones en el púlpito de la casa de la palabra, aún no ajada por los nuevos tiempos del 'marketing', que honraron un pasado mientras cincelaban con fruición el futuro de una nación siempre enfadada consigo misma.

Una de esas intervenciones fue del padre de la oratoria moderna parlamentaria con el que principié el artículo. Así terminó su discurso en las Cortes Generales contra la esclavitud, un 20 de junio de 1870:

 

- "Hijos de este siglo, este siglo os reclama que lo hagáis más grande que el siglo XV, el primero de la historia moderna con sus descubrimientos, y más grande que el siglo XVIII, el último de la historia moderna con sus revoluciones. Levantaos, legisladores españoles, y haced del siglo XIX, vosotros, que podéis poner su cúspide, el siglo de la redención definitiva y total de todos los esclavos. He dicho".

 

Donde dice 'siglo XIX', ponga el lector siglo XXI. Donde aparece 'todos los esclavos', hagan los políticos lo posible para que se diga "la redención definitiva y total de todas las trincheras y desacuerdos". Solo así tendría sentido la fórmula que el candidato por mandato real eleva a los allí presentes: "Y para llevar a cabo ese proyecto es para lo que solicito la confianza de la Cámara". Sucede que ya nadie confía en quimeras.

 

Artículo original de Fran Carrillo para ElConfidencial

 

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